Tropezón no es caída.

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Desde septiembre que no escribo, mi madre que puedo ser colgada.

Calculo que el título de la entrada les debe dar una pista sobre lo sucedido en los últimos meses. Para hacer breve una historia que de otro modo tomaría horas redactar, en diciembre del año pasado intentamos con mi psiquiatra hacer la quita de la sertralina… Y en algo metimos la pata porque no salió bien. Volví a ponerme un poco irascible, y eso terminó afectando mis relaciones con mi entorno. Después de una charla prolongada con ella y con mi analista, decidimos retomar la medicación e intentar nuevamente hacer la quita en marzo. Vamos a modificar los tiempos y las dosis de la medicación, y veremos qué sucede esta vez, ya con las lecciones aprendidas del último error.

Por otro lado, hace un tiempo que me ronda la mente la idea de probar con la terapia cognitivo conductual, la cual muchos dicen es más indicada para este trastorno que el psicoanálisis (que ojo, es genial y te enseña muchísimo también, no es que lo esté descartando del todo como alternativa terapéutica). Por lo único por lo que todavía no hice la prueba es que me aterra la idea de dejar a mi analista… Pero supongo que tal vez con una buena charla de por medio logre superar ese temor y me decida a intentar.

Y en otro momento les cuento más. Ahora solo pasaba para que sepan que estoy viva y que el tratamiento continúa, y que va todo bien. Cuando me vuelva a bajar la musa volveré por estos pagos. ¡Salute!

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One Step Closer

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Retorno brevemente para ponerlos al tanto de las novedades que se dieron hasta el momento. Posiblemente la semana que viene vuelva con más noticias, pero por ahora les comento lo que estuvo sucediendo.

-CHAU CLONAZEPAM. Sí, como leen. Hace dos meses aproximadamente que mi psiquiatra decidió, en vista de mi velocísimo progreso, que ya era hora de suprimir uno de los medicamentos que estaba tomando. Solo quedó la sertralina, que tengo la sospecha de que la semana que viene va a empezar a reducirse.

-SE ESPACIÓ LA TERAPIA. Dejé de ir una vez por semana para empezar a ir cada quince días, ya que mi analista considera que no es necesario que acuda a consulta con tanta frecuencia.

La semana que viene les cuento más.

Dream On

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La interpretación del sueño es la vía regia hacia el conocimiento de lo inconsciente dentro de la vida anímica.

“La Interpretación de los Sueños (Die Traumdeutung)”, Sigmund Freud, Alemania, Ed. Franz Deuticke, 1899.

Durante las últimas sesiones con Irene estuvimos trabajando mucho sobre algo que jamás pensé que iba a contribuir tanto al tratamiento como son los sueños. El tema salió a colación después de comentarle que a poco de haber iniciado el tratamiento farmacológico, estaba teniendo sueños que eran sumamente delirantes o violentos, y a partir de ahí empezamos a desandar un camino que no cesa de sorprenderme por las miles de cuestiones que comienzan a revelarse y que ni sabía que estaban ahí.

Como mis sueños desde ese momento fueron muchos y muy variados, comencé a llevar un registro periódico de estos (he llegado a despertarme a las 5:30 de la mañana después de tener un sueño solo para anotarlo), lo cual está transformándose lentamente en una especie de compilado de cuentos breves, en algunos casos, de géneros tan diversos como la ciencia ficción, la comedia, el drama o el suspenso. La intención del post de hoy es compartir con ustedes uno de los sueños que más me conmovió, por la cantidad innumerable de detalles que aparecieron y por la duración inusual que tuvo. Imagínense que me tomó 50 minutos de sesión relatarlo…

A fin de que la lectura del sueño les sea más llevadera y un poco más comprensible, habré de darle al relato de mi sueño un estilo más bien literario, transformarlo en un cuento sin por eso modificar su contenido u omitir detalles. No obstante ello, habré de contarles mi sueño tal cual fue, apoyada en las anotaciones que tomé la mañana siguiente (sí, fue tan impactante que pude recordar absolutamente todo. Y aparte, me conmovió tanto que cuando desperté la ropa que me había puesto para dormir la noche anterior estaba completamente empapada en transpiración.)

De este sueño, por supuesto, se desprende un análisis de cada uno de sus elementos, pero dado que por la cantidad de tiempo que me consumió explicárselo a mi analista no nos restó mucho para poder analizarlo en profundidad, solo pudimos llegar a ver algunas cosas, las más relevantes. Se las contaré en otro post, una vez que tenga el análisis completo, o por lo menos la mayoría.

Pues bien entonces, ahí vamos. Asegúrense de estar cómodos y tener vituallas a mano porque esto va a ser largo. Han sido advertidos.

 

Era un día cualquiera. Estaba, a pedido de mi abuela, cuidando su casa durante una ausencia transitoria. La casa de mi abuela, tal como la recuerdo de mi infancia y mi primera adolescencia, era bastante grande. Dos lotes bastante generosos en superficie, en uno de ellos estaba la casa propiamente dicha y en el otro, un jardín que supo hacer las delicias de todos los que pasábamos los fines de semana ahí, por la cantidad innumerable de rincones para esconderse y plantas para curiosear, amén de las pilas de arena y piedritas que estuvieron durante años bajo un tinglado pequeño, después de la modificación que hizo al construir un techo para guardar autos luego de derruir el taller donde mi abuelo trabajaba y mi padre aprendió a su vez el oficio de tapicero y matricero, que fue desarrollando exitosamente en talleres varios hasta llegar a FIAT, donde comenzó un crecimiento desenfrenado que culminó en la creación de la fábrica de autopartes y tapicería que mi padre tuvo durante casi 40 años y que fue proveedor prácticamente exclusivo de Peugeot, Fiat, Renault, Chrysler, Ford y otras marcas, hasta que el reinado infame de Carlos Saúl I y las importaciones a precio vil comenzaron la destrucción progresiva de la industria nacional, dentro de la cual lamentablemente también cayó la fábrica.

Decía, entonces, que estaba yo en la casa de mi abuela, completamente sola esperando a que regresara. Estaba sentada en el comedor cuando repentinamente oigo sonar el timbre. Me asomo por la ventana de la cocina, que daba a un pasillo conformado por la pared que separaba los lotes y una de las paredes de la casa, y concluía en la entrada de calle. Abro la ventana y veo en el extremo del pasillo a un hombre joven, bien parecido, con muchas cámaras y dispositivos electrónicos colgando de su cuello. Sin que pronuncie una palabra noto que se trata de un extranjero. Lo saludo, y cordial y sugestivamente, con un español correcto pero con un acento extranjero muy notorio, me formula una invitación.

-¿Quieres ir al “Oso Gris” a pasarla bien un rato?

He de aclarar que jamás en mi vida conocí un tugurio con ese nombre, por lo cual al día de hoy sigo sin saber por qué el lugar se llamaba así, y por el poco tiempo que nos quedó después de haber finalizado el relato del sueño en terapia, tampoco sé por qué el color gris volvió a aparecer más adelante.

Me quedé absorta por la candidez con la que el extranjero me hizo la invitación. Después de algunos segundos logré reaccionar y muy amablemente decliné el convite. El extranjero no pareció ofenderse ante mi negativa y continuó sacando fotos al patio de la casa. Sorprendida por la extraña presencia y ante la ligera sensación de culpa por haberlo rechazado, intento sacarle conversación. Le pregunto por las cámaras que tiene, sobre las marcas y las lentes. En un momento la conversación pasa del español al inglés. Conversamos durante un rato mientras el extranjero sigue sacando fotos, hasta que de repente un hombre cruza el portón de madera y entra en la casa. Parece conocer al extranjero, ya que éste no se inquieta por su presencia. Detrás de este primer hombre entran unos cuatro más, aproximadamente. Todos tienen gestos sospechosos y el extranjero no se inmuta en lo más mínimo pero yo sí. Salgo al pasillo a preguntarles qué están haciendo ahí pero no logro hacerlo. Los hombres y el extranjero se acercan a mí, me acorralan pero no me tocan. Me invade una sensación de angustia profunda e intento poner freno a la situación pero fracaso, y el grupo logra llevarme al interior de la casa, donde comienzan  a repartirse dentro de las habitaciones para revolver absolutamente todo, claramente con fines delictivos. Atino solo a hacer una cosa, ante la numerosa cantidad de personas que invadieron la propiedad: intento encerrarlos para que no escapen mientras llamo al 911, pero me doy cuenta de que mi abuela no me dejó ninguna llave. Desesperada por la gravedad de la situación y ante la necesidad de resolverla como sea, decido cerrar las puertas como puedo y echar a correr calle abajo en búsqueda de auxilio. Tomo mi teléfono celular y emprendo la huida. Llamo a mi esposo para ponerlo al tanto de lo que estaba sucediendo pero tras un par de intentos, no logro que me responda. Llamo al 911 y logro comunicarme. Me informan que rápidamente iba a llegar un patrullero para reducir a los delincuentes y apresarlos. Pero, en vez de darles el domicilio de la casa de mi abuela, les doy la del departamento donde vivo actualmente…

Mientras corro por la calle, no puedo evitar notar que a la par mía se va multiplicando una sucesión de objetos como conos de tránsito pero de menor tamaño (para aquellos que lo vieron, como los White Stripes en el video de The Hardest Button To Button, al cual adjunto link:

) . Con cada uno de mis pasos los conitos se reproducen por cinco o seis, y van apilándose horizontalmente sobre el asfalto. Los conos se multiplican a gran velocidad y la hilera llega incluso a superarme, a pesar de mis esfuerzos por alcanzarlos. Me quedo perpleja por lo inusual de esta aparición pero no por ello detengo mi marcha. Decido entonces emprender el regreso para ver si ya había llegado el patrullero y si la situación ya se había resuelto. Tras correr varias cuadras, finalmente llego. Pero el escenario había cambiado. Ya no estaba más en la casa de mi abuela, sino que ahora la actividad se estaba desarrollando en la casa de mi madre.

Con mi último aliento y el corazón en la mano, llego finalmente al portón de mi casa. Grande es mi sorpresa cuando en vez de encontrarme con patrulleros de la Bonaerense trabajando, hay solo un grupo reducido de investigadores privados esperándome en la puerta, hablando entre ellos. Uno de ellos me resulta familiar, pero no logro descifrar quién es. En la vereda hay estacionada una camioneta tipo Trafic pintada íntegramente de gris con el logo de la empresa a la que pertenecen estos hombres. Me acerco a hablar con ellos para tratar de saber por qué están ahí. A medida que me aproximo, noto que hablan en inglés. Finalmente llego hasta ellos y los interrogo. Me comentan que fueron enviados por el 911 para investigar la escena y que me estaban esperando para que les abra la puerta, ya que no querían violentarla. Creo lo que me dicen, a pesar de ser bastante inverosímil. Finalmente accedo a dejarlos pasar. Abro el portón y proceden a ingresar y a repartirse por todos los rincones de la casa, que es un desastre. Todas las persianas y las puertas están rotas, hay cortinas anudadas, cosas tiradas por el piso… más que la escena de un robo, parece zona de paso de Atila.

Dejo que trabajen algunos minutos, hasta que mi curiosidad me vence y me acerco al hombre que me resultó familiar cuando vi por primera vez a los investigadores. Le digo que me parece familiar, que lo conozco… y de repente, confirma mis sospechas. Me mira fijo mientras un resplandor azul lo ilumina completamente y adquiere su verdadera identidad: es el hombre que había entrado a la casa de mi abuela inmediatamente detrás del extranjero. Todos los demás miembros del equipo de investigadores sufren la misma metamorfosis: luces azules los iluminan y revelan sus verdaderas identidades. Palidezco, entro en pánico y trato de huir, pero los mutantes me habían ganado de mano; ya habían bloqueado todas las salidas. Me encierro como puedo en uno de los baños de mi casa y vuelvo a llamar al 911 explicando la situación. Concluida la comunicación con el servicio de emergencia, llamo nuevamente a mi esposo. Continúa sin responder mis llamados. Decido aprovechar la distracción de los mutantes, que omitieron cubrir la salida que me proveía la ventana del baño y escapo por ahí. Me quedo preocupada por algunas pertenencias que había dejado en el comedor de mi casa, pero no retrocedo en mi marcha y corro hasta llegar a la oficina de mi esposo. Entro y lo encuentro hablando muy distendido con un compañero de trabajo, riéndose vaya uno a saber de qué. Con los ojos fuera de las órbitas y a viva voz, vocifero:

-“¡¡¡PEDAZO DE PELOTUDO, ATENDEME EL TELÉFONO!!! ¿¿¿NO VES QUE TE ESTOY LLAMANDO DESDE HOY??? ¡¡¡DALE, MOVÉ EL CULO QUE ENTRARON A ROBAR A CASA Y LA CANA NO VIENE!!!”

Mi esposo me observa desorbitado. Cuando logra reaccionar y salir de su estupor, abandona conmigo su oficina y salimos corriendo por la calle hasta mi casa. Tras varias cuadras de carrera e insultos en varios idiomas, llegamos al lugar. Pero nuevamente cambió el escenario: ya no es mi casa como la conozco, sino que en un lapso récord se convirtió en una casa completamente distinta, con un estilo absolutamente distinto al que tiene. Hay muebles modernos, de madera y metales, pintados con colores claros, esparcidos en espacios amplios, y una escalera caracol que atraviesa toda la construcción, llevando por un lado a un piso superior y por el otro lado a un sótano. Vamos por esta escalera hacia el sótano, que resulta ser un depósito decorado al estilo de un supermercado: hay góndolas con productos de limpieza, cada uno de ellos con su precio (ridículamente bajos, lo cual confirma nuevamente que estoy soñando), y una iluminación propia de un salón de ventas. Procedemos a munirnos de varios productos, sobre todo escobas. Sí, escobas. Antes de salir, pasamos los códigos de barras de cada uno de los productos por un escáner que está amurado a una de las góndolas. Terminada nuestra “compra” y con los productos en mano, corremos a un rincón del sótano. En ese rincón hay una especie de ascensor redondo, metálico, con un tablero en la puerta de acceso.

-“¿Qué carajo es esto?”
-“Es un módulo de teletransportación. Subite que sino no llegamos más y estos hijos de puta van a hacer cualquier desastre. ¡Dale!”

Digito torpemente un código de acceso y la cabina se abre. Accedemos al interior y cerramos la puerta. El habitáculo se oscurece completamente y a los pocos segundos, una luz tenue se enciende y nos permite ver a una azafata. Es una joven muy agradable, con un uniforme muy prolijo y una sonrisa amplia. Nos pregunta en inglés adónde queremos ir. Le digo la dirección de mi departamento (?), pero en el apuro omito el detalle de que no habla español y por tanto no me entiende. Caigo en el detalle ante el gesto de incertidumbre de la joven y le reitero la dirección, pero esta vez en inglés. La azafata repite la dirección en voz alta a un micrófono que se encuentra en el techo del módulo. Miro a un costado y veo que además de nosotros tres, están dos amigos más, que aparecieron repentinamente y van a acompañarnos en nuestro viaje.

El módulo se enciende y comienza a girar sobre sí mismo. Gira cada vez más y más rápido, y empezamos a sentir la fuerza de gravedad multiplicada y el cambio de presión dentro de la cabina. Se me empiezan a tapar los oídos. Entro en pánico y empiezo a golpear desesperadamente las paredes del módulo.

-“¡¡¡Paren, la concha de la lora, paren esta mierda!!!”

La azafata, que claramente no comprende el idioma ni el motivo de mi desesperación, hace caso omiso a mi pedido y continúa con la marcha centrífuga del módulo. De a poco va bajando la velocidad y gira cada vez menos, hasta detenerse completamente. Finalmente sale del lugar donde estaba anclado y comienza a andar… por la calle. Por un monitor podemos ver por dónde se va desplazando. El piloto automático del maldito módulo eligió el PEOR camino para el momento: las calles más transitadas del barrio y absolutamente TODOS los semáforos habidos y por haber. Lo que se suponía que iba a ser un viaje de segundos se transformó en un viaje infumable de media hora, que encima nunca nos dejó donde debía hacerlo sino en una parada de colectivo. Me bajo absolutamente enfurecida y empiezo a vomitar profanidades.

-“Teletransportación las pelotas, esa cápsula del orto es una mierda, la putísima madre que la remil parió.”
-“Y bueno… pero si hubiéramos ido caminando hubiéramos tardado más, algo es algo.”

La respuesta de mi amigo me deja entre la risa y la ira. Nos quedamos esperando el colectivo, pero viendo que no llega, decidimos tomar un taxi. Le hacemos señas a uno que pasa y se detiene. Abrimos la puerta trasera para entrar y vemos, aparte del chofer hindú, a una acompañante en el asiento delantero y varias prendas de ropa desparramadas sobre el asiento trasero. Me golpeo la frente con la palma de la mano, resoplo y procedemos a acomodarnos todos como podemos en el asiento trasero.

Finalmente llegamos a mi casa. Ya no están los mutantes, pero sí hay, finalmente, varios móviles de policía. Entro y lo primero que encuentro es a mis gatos. Respiro aliviada porque no les pasó nada, los abrazo y los miro por todos lados. Están sanos. A los pocos segundos aparece detrás de ellos otro gatito pequeño, de pocos días. Me doy cuenta de que quedó abandonado ahí por los mutantes y decido adoptarlo. Es realmente muy chiquito y está muy desprotegido, y sin duda necesita que alguien lo cuide.

Doy algunas vueltas por la casa. Está todo dado vuelta. La policía también entra y empieza a hacer peritajes. Toman huellas, sacan fotos, lo usual. Observo la escena y no puedo evitar empezar a llorar amargamente. Mi primer pensamiento es que necesito hablar con mi analista. La llamo, conversamos un largo rato y le cuento todo lo que sucedió. Tras la comunicación logro deshacerme parcialmente de mi angustia, que termina de desaparecer cuando logro ver que mis pertenencias estaban intactas, en el mismo lugar donde las había dejado. Pero qué iba a sospechar yo en ese momento que mi calma iba a ser breve…

Uno de los oficiales entra en una especie de pulmón que hay en la casa: es un patio pequeño, justo al centro de la casa, con puertas de vidrio. A los pocos segundos que entra, observo un resplandor azul y empiezo a sospechar lo peor: mis sospechas se confirman cuando se abre la puerta y en vez de ver salir a un uniformado, veo a uno de los mutantes. Envalentonada por mi conversación por mi analista y por el hecho de que la situación ya me estaba empezando a hartar, a pesar de estar en desventaja numérica y armamentista ya que los mutantes poseían armas hipertecnológicas, mi esposo y yo tomamos las escobas y empezamos a prodigar escobazos a diestra y siniestra en una batalla desigual. Para sorpresa nuestra, el fuego enemigo nunca logra alcanzarlos. En cambio, los escobazos logran noquear a varios mutantes e incluso a aniquilar definitivamente a algunos. Una vez que logramos reducir a los que estaban en el interior, nos dirigimos raudos al patio. Vemos varias bicicletas que asumimos son de los mutantes, y procedemos a pincharles las cubiertas. Claro, no vaya a ser cosa de que los mutantes se nos escapen en bicicleta y no los podamos alcanzar… ¬¬

Terminamos de pinchar todas las ruedas y vemos a algunos mutantes que sobrevivieron a nuestro ataque. Los reventamos a palazos con nuestras poderosas escobas y agarramos a los cabecillas de la banda: una pareja, un hombre y una mujer, y sus tres hijas. Tomamos a la pareja y los atamos, y lo mismo hacemos con sus tres hijas. Los sentamos en medio del césped, y procedemos a incendiar vivos a la pareja, ante la mirada impertérrita de sus hijas. Las niñas no reaccionan, es como si nada estuviera sucediendo. O como si no tuvieran sentimientos. Absolutamente ninguno. Son como robots en neutro. La pareja tampoco grita ni da signos de dolor. Por el contrario, parece entregarse mansamente al calor de las llamas.

Los mutantes que habían quedado inconscientes en el interior de mi casa recobran la conciencia y salen al patio. Su actitud cambió diametralmente: ya no vienen a atacarnos, sino que vienen completamente rendidos, agotados después de la batalla. Uno de ellos se aproxima a mí (por las dudas ya estaba en posición de guardia con mi escoba asesina en mano), y me explica todo.

-“No somos de acá. Somos de una galaxia muy distante. Nunca quisimos venir a hacer daño a nadie. Solo vinimos acá porque supimos, después de años de investigación, que en su planeta existen las herramientas y la tecnología que necesitamos para reparar nuestros equipos, en nuestro planeta. No me vas a creer, pero ustedes en la Tierra están tecnológicamente mucho más avanzados que nosotros. Hay cosas que ustedes ya no usan pero que a nosotros nos sirven, y eso vinimos a buscar. Como dije antes, nunca vinimos con intenciones violentas; es que teníamos mucho miedo a que nos pasara algo aquí en la Tierra y no pudiéramos volver con nuestras familias, entonces por eso hicimos todo como lo hicimos. No era nuestra intención, solo estábamos muy atemorizados.”

El relato del mutante/extraterrestre me deja estupefacta. No puedo dar crédito a lo que oigo: en galaxias más lejanas, hay mundos a los que superamos tecnológicamente. Hay civilizaciones que aún no han avanzado como nosotros. A miles de años luz. Finalmente los terrícolas lograron superar a alguien…

A partir de ahí, los extraterrestres restantes comienzan a acercarse y a hablar con nosotros amablemente. Lo que hasta hace unos minutos era una batalla campal por la supervivencia, se convirtió en una cálida reunión familiar. Hay chistes, sonrisas y gestos de amabilidad y distensión. Compartimos una charla con ellos intercambiando detalles sobre la tecnología y los modos de vida en ambos planetas, hasta que una nave aterriza en el patio. Se acabó el tiempo de los extraterrestres en nuestro planeta, que se llevan finalmente las herramientas que tanto necesitan para poder garantizar la subsistencia en su mundo. La despedida es casi fraternal: hay abrazos, besos y apretones de manos. Es como si nada hubiera pasado. Todos suben a la nave y despegan. Desde abajo, mi esposo y yo los despedimos saludando con la mano.

La nave ya desapareció de mi vista. Tal vez nunca vuelva a verlos, es muy posible que así sea.

Me siento unos minutos sobre el césped. Resumo en sesenta segundos todo lo ocurrido en las últimas horas, desde el principio hasta el final. No puedo evitarlo y cedo otra vez ante la angustia. Lloro, lloro como pocas veces lloré en mi vida. Nuevamente, mi primer pensamiento es llamar a mi analista y hablarle de mi angustia, de cómo había terminado todo. Me siento mal por el engaño repetido de los extraterrestres. Hablo de todo esto y de otras cosas con mi analista por un buen rato. Después de una conversación prolongada, vuelvo a calmarme.

Tras la conversación aparece mi madre, que no sabía nada de lo que estaba pasando en mi casa. Ve la escena, ve las persianas y puertas destrozadas, las cosas tiradas por el piso, el fuego aún ardiendo en medio del césped.

-“¿¿¿Qué pasó acá??? Ay hija, atajame que me siento mal.”

Sin dudarlo un segundo, me llevo a mi madre como puedo hasta la clínica más próxima. Estaba con un pico de presión. Era menester que actuara rápidamente si no quería sumar una tragedia más a la lista del día.

Finalmente llegamos a la clínica. Nos atiende una doctora muy amable, que enseguida hace pasar a mi madre al consultorio. Después de chequear sus signos vitales y comprobar que efectivamente tenía la presión arterial por las nubes, procede a ponerle una sonda intravenosa por la cual le pasa medicamentos que le causan dolor a mi madre. La doctora me explica que por los niveles de presión que tenía y la situación vivida, iba a ser necesario que yo repitiera el procedimiento varias veces más en mi casa. Dada mi aversión a las agujas y a cualquier procedimiento que requiera atravesar la epidermis, le pregunto si no es posible que alguien más lo haga. Pero no, no hay manera de negociar. El tratamiento lo tengo que realizar yo. Trago saliva y me resigno a la idea de que voy a tener que pincharle el brazo a mi madre repetidas veces y que voy a tener que encontrar el modo de hacerlo sin desmayarme.

Una vez que mi madre se estabiliza, salimos de la clínica. Muertas de hambre, decidimos ir a un McDonald’s a buscar algo para comer (sí, ya sé, meter colesterol en las arterias después de casi haber sufrido una apoplejía… no es la decisión más sabia, pero el inconsciente desconoce de medicina vascular). Entramos a uno de los locales, pero los precios son desorbitadamente altos. Así como entramos, salimos. Decidimos entre las dos llamar a un pizzero amigo y pedirle un par de muzzarella grandes.

Llegamos a casa. Empezamos a ordenar el desastre que había quedado después de la batalla interplanetaria. Mientras ordenamos todo y volvemos a poner cada cosa en su lugar, escucho desde el interior de uno de los armarios golpes y una voz infantil. Me acerco, no sin temor, y abro lentamente la puerta. Cuando termino de abrirla, del interior del armario sale un niño con mirada triste, desconcertado, pero extremadamente bonito. Me pregunta con un hilo de voz qué había sucedido. Conmovida por la inocencia y el miedo del chiquito, lo rodeo con uno de mis brazos y le explico lo mejor posible todo lo que había pasado. Parece entender todo lo que le explico. Finalizado el relato de lo acontecido, el niño se aparta brevemente de mí y se transforma en un niño más alto, más ancho y de ojos más grandes. Es uno de los extraterrestres. Ahí comprendo todo. El chico había venido con ellos y se lo habían olvidado acá abajo. La miro a mi madre, que seguía limpiando mientras yo hablaba con el pequeño.

-“¿A vos te parece lo que hicieron estos pelotudos? Se olvidaron al chico acá. Son unos boludos. ¿Y ahora? ¿Qué hacemos? Porque con un remis no lo podemos mandar y estos idiotas no me dejaron ni un número de teléfono.”

El chico no entiende nada. Claro, en otros mundos no deben existir los improperios, o deben tener otra forma. Así, desconcertado como estaba, me pregunta por otro chico.

-“¿Y Sykhala? ¿Lloró?”

No sé quién es Sykhala. Tal vez sea una de las hijas del matrimonio que incendiamos. Vuelvo a abrazarlo. Me conmueve el desamparo y la inocencia del chiquito.

-“No, no lloró.”
-“¿Y por qué no lloró?”
-“Tal vez sea porque no sabe o no puede llorar.”

La respuesta parece satisfacerlo. Lo veo sonreír. Se aparta de mis brazos, como si quisiera ir a buscar algo al armario. Lo dejo ir. Por un minuto volteo y deja de estar en mi campo visual. Cuando regreso la vista, el niño ya no está. Probablemente haya en el armario alguna especie de portal multidimensional por el que haya podido regresar a su galaxia.

Ya está bajando el sol. Salgo al patio a ver qué pasó con la pareja y las niñas. El fuego ya se había extinguido completamente, y las niñas estaban dentro de una pequeña urna. Me aproximo al lugar de la pira y veo que sobre las cenizas de los adultos hay un sobre. Lo tomo, lo abro y encuentro una carta.

“Gracias por habernos prendido fuego. Del fuego sale oxígeno. Y por eso ahora sabemos que nuestras hijas están bien. Gracias.”

No logro comprender qué me quisieron decir, pero me quedo con la tranquilidad de que a pesar del crimen que habíamos cometido, todos estaban en paz. Me quedo unos segundos mirando los restos y decido volver adentro. Mientras camino los pocos pasos que separan el patio de la puerta de entrada, siento un resplandor verde que viene del lugar donde estaban las cenizas. Volteo a ver y ya no estaban ni las cenizas ni la urna con las niñas; solo quedaba allí el césped quemado.

Vuelvo a entrar a mi casa. Bajo a un sótano y encuentro una vitrina gigante, con una roca galáctica en su interior. Junto a la roca hay un cartel con algunos escritos que no llego a leer, y otra vitrina con instrumentos de trabajo extraterrestres. La roca se ilumina cada vez que alguien pasa la mano por delante. Paso la mano una o dos veces, y la roca se ilumina brevemente con una luz blanca. Agito mis manos delante de la roca hasta que queda completamente iluminada. Irradia una luz blanca, bellísima, que a pesar de su brillo no enceguece a quien la contempla y una corriente energética casi sedante, muy tranquilizadora. Recuerdo las últimas palabras de los extraterrestres, la calidez de la tregua después de la batalla y los gestos de cariño antes de que se despidan. Sonrío y secretamente deseo que vuelvan. Sé que es poco probable que suceda, pero no pierdo las esperanzas.

Terminó el día. Ya está todo ordenado y limpio nuevamente, como si nunca hubiera pasado nada. Miro mi reloj y es hora de administrarle a mi madre su tratamiento por su pico de presión. Me aseguro de que se quede tranquila en casa y salgo a buscar más sondas para pasarle los medicamentos. A las pocas cuadras, observo mientras camino que a mi lado vuelven a aparecer los mismos conitos que aparecieron cuando eché a correr por la calle al principio del día. Empiezo a correr, y los conitos empiezan a reproducirse con mayor velocidad. Me superan. Con una sonrisa en la cara, empiezo a correr más rápido, pero los conitos son más veloces y me ganan. Sabiendo que no voy a alcanzarlos, detengo mi marcha. Los conitos siguen la suya, cada vez más rápido. Sonrío mientras los veo alejarse de mí. Sé que es una señal de ellos.

 

Hasta ahí llegó mi sueño devenido en mi primer cuento de ciencia ficción. Creo que para una sola noche, fue más que suficiente. En mi próximo post, como anticipé al principio, voy a intentar explicarles qué significan muchas de las cosas que aparecen. Mientras tanto, pueden jugar a ir haciendo sus propias asociaciones, a ver qué descubren. Quizás descubran que saben más sobre psicoanálisis de lo que pensaban, o tal vez se lleven la sorpresa y lo que asociaron con algo resulta ser completamente lo opuesto.

 

Entonces bien, ¡hasta la próxima sesión!

Primer mes: de todo lo que cambió

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Sí, volví. No es que me había olvidado del blog. Es que me trabé durante veinte días con una entrada que decidí eliminar porque era algo tan complejo de explicar y a la vez tan tonto que prefiero volver a reelaborarlo, reanalizarlo en mi cabeza, tratar de encontrarle el sentido y después tirarlo acá. Así que les cambio esa madeja incomprensible e inexplicable por un conjunto de noticias que a mí, al menos, me han hecho terriblemente feliz hace unos días.

Se cumplió el primer mes de tratamiento y me alegra anunciar que han habido avances que para algunos pueden ser pequeños, pero para mí son gigantescos, más que nada por la velocidad con la que se dieron.

El primer avance tiene que ver con lo farmacológico; tras treinta días de haber estado tomando 1/2 pastilla de clonazepam por la mañana y 1/2 por la noche más los 50 mg. diarios de sertralina, me redujeron la dosis de la mañana a 1/4. Durante mi “tratamiento” anterior, cualquier reducción en la medicación tomaba aproximadamente un año; ahora, en solo un mes, mis médicos consideraron que ya pueden ir sacándome el bastón, siempre de a poco, pero ya voy independizándome de mis sostenes.

El segundo avance es a nivel psicoterapéutico: mi analista considera que ya estoy lo suficientemente fuerte y estable como para empezar el proceso de desensibilización sistemática, o lo que es lo mismo, empezar a enfrentar todo lo que me genera los ataques y restarle la importancia que le di hasta ahora. La primera parte de este plan de metas a corto plazo tiene que ver con el primer ataque que tuve cuando se dio la recaída en marzo de este año; la seguridad que siento (o dejé de sentir) estando sola al volante. La idea es que de a poco vaya alejándome con mi vehículo de los límites dentro de los cuales estoy circulando y que lleve un registro lo más completo posible de la cantidad de kilómetros recorridos y los síntomas que pueda generarme el alejarme (o no).

Pasó solo un mes y ya logré hacer más avances que en casi 10 años del “tratamiento” anterior; ya se redujo la medicación y ya estoy en condiciones de empezar a ponerle freno, de una vez y para siempre, a mi enemigo invisible, a la tortura que me acompañó tan fielmente durante casi veinte años, aunque yo nunca le haya pedido que lo hiciera.

Hay sentimientos encontrados; por un lado la felicidad de saber que lo que estoy haciendo está dando resultado y que no estoy perdiendo el tiempo, y por el otro lado, la ira, la bronca y la tristeza por los años perdidos, por todo lo que ya no voy a poder recuperar. Todos estos años sintiéndome distinta a los demás (la sensación aún perdura), con esta limitación horripilante que se las arregló para arruinar mi adolescencia y mis primeros años de adultez, que ya no van a volver. Pero como dije en algún otro momento, tengo dos opciones: o me quedo con la rabia y el odio y la angustia por lo que no pude tener y emprendo un raid de muerte y destrucción contra los que me dañaron casi permanentemente, o hago todo eso a un lado y sigo mirando hacia adelante, enfocando mi energía y mis fuerzas en terminar de una vez por todas con esta enfermedad, y VIVIR el tiempo que me quede en esta tierra. Por ahora, opto por lo segundo. Pero no descarto del todo hacer lo primero en algún momento.

Otra cosa que he notado que cambió (y esto es más una perlita de color que algo significante en sí) son los sueños que tengo durante la noche: estoy soñando cosas o sumamente violentas o sumamente delirantes. No sé si la medicación tendrá algo que ver, pero sea lo que sea no me molesta, por el contrario; los sueños violentos son extremadamente catárticos; casi siempre tienen que ver con palizas prodigadas por mi persona a otras “personas” que se han hecho merecedoras de mi odio más visceral por diversos motivos, y ante la imposibilidad de poder llevar adelante estos actos de justicia por mano propia en vista de que hay un código penal vigente que todavía los sanciona, poder hacerlo aunque sea en sueños es algo, y los delirantes… son demasiado delirantes, al punto que a veces me despierto en plena madrugada con el abdomen en tensión y una sonrisa en la cara de tanto que me río en el sueño. O por ahí sueño canciones, pero todavía no las transporté al papel. Ya lo haré. Y me he despertado también por el sonido de mi propia voz pronunciando en voz alta algo que estaba diciendo en sueños, pero supongo que ahí también hay un poco de herencia, porque a veces mi papá hacía eso de hablar dormido (y no, nunca logramos hacerle confesar los números de las cuentas bancarias, o hacerle prometer que nos iba a regalar algo, ni nada de eso. Jamás nos contestaba si le hablábamos.)

Y eso es todo lo que ha estado pasando en este mes, o casi, que estuve sin publicar algo en este blog. Para algunos será poco, o será de poca importancia, pero para mí es terriblemente importante. Haber logrado en 30 días lo que no logré en 10 años… pucha. Se siente bárbaro y se siente raro también.

Y como hay que dar al César lo que es del César, no quiero dejar de mencionar a toda la gente que me ayudó al principio y me sigue ayudando en este camino de sanación: mis “socorristas” profesionales, la Lic. Irene Scasserra y la Dra. Florencia Vinuesa, que componen un tándem de excelencia que está llevando adelante un trabajo impecable, aceitado y preciso que está logrando cosas impresionantes, mis compañeros del Coro de Jóvenes, a quienes ya puedo llamar AMIGOS, así con mayúsculas y con todas las letras, porque apenas me conocían cuando saltaron a socorrerme en el momento en que empecé a disparar las bengalas pidiendo auxilio y no dudaron en hacerlo, y aún hoy continúan siendo mi soporte principal. A mi familia, también gracias a ellos porque me apoyaron desde el primer momento y lo siguen haciendo, y gracias a mi experiencia y mi “confesión”, logré que algunos familiares también confesaran que estaban pasando por lo mismo. Con lo cual no me siento tan sola y un poco menos pelotuda. Y el agradecimiento principal es para mi compañero de vida, que fue el que me abrió los ojos y me hizo ver que la otra “profesional” que me estaba “atendiendo” antes no me estaba ayudando para nada, sino que por el contrario, me estaba dañando cada vez más, y si no hubiera sido por eso hoy probablemente seguiría en esa espiral descendente o directamente ya no estaría en este planeta, si alguno de los múltiples intentos de suicidio que tuve hubiera sido exitoso.

Y otro agradecimiento, no menos importante, es para vos que estás leyendo este blog. Gracias por la oportunidad de dejarme expresar y de poder ayudarte también, desde este lugar y a mi manera. Que no es poco.

Entonces bien… ¡hasta la próxima sesión!

Semana 1

Estándar

Se cumplió la primera semana de mi tratamiento farmacológico. Contrario a lo que me dijeron que podía llegar a suceder, no sufrí ningún efecto colateral (me pudo haber dado dolor de estómago, dolor de cabeza o diarrea en el peor de los casos), salvo algo de somnolencia que supongo que cesará cuando el organismo se acostumbre a las dosis que estoy manejando ahora. 1 pastilla de sertralina a la mañana, 1/2 de clonazepam a la mañana también y otra 1/2 a la tarde. Los síntomas del TAG se redujeron considerablemente, las taquicardias se regularon bastante y los mareos son escasos, tengo alguno que otro pero debe ser la somnolencia y la otitis que me agarré ayer por mi nuevo (mal) hábito de usar auriculares a la noche para escuchar música en Spotify antes de irme a dormir…

En cuanto a mi agorafobia, de a poco va cediendo: el sábado tuvimos nuestra primera presentación con el Coro de Jóvenes en un centro cultural cercano a mi domicilio y a pesar de la adrenalina del momento, sobreviví y no obedecí al impulso que sentí en un momento de salir corriendo del lugar donde estábamos actuando. Lo cual ya es bastante, considerando el estado en que estaba hace una semana y media.

De a poco se van viendo mejorías y eso me alivia bastante; al principio del tratamiento no sabía qué iba a suceder y tampoco tenía mucha fe, pero por suerte me equivoqué. Parece que esta vez dimos en la tecla y esto empieza a terminarse. Por supuesto, sigo teniendo momentos de debilidad y hay cosas que todavía no puedo hacer por mi cuenta (en la facultad dejé una foto mía para que no me extrañen mientras no estoy, no aparezco desde principio de mes), pero de a poco voy superando lo más grave que eran las taquicardias y las sensaciones de asfixia.

Y eso es todo lo que tengo para contar por hoy… el cansancio que me producen los medicamentos no me deja escribir mucho más que esto.

Entonces bien, ¡hasta la próxima sesión!

3, 2, 1… largaron!!

Estándar

Acá empieza la parte más jugosa de toda la historia: el relato de cómo se cura esto, y cómo es el camino que me toca recorrer.

Comencé, después de haber pedido referencias a media galaxia, a hacer terapia psicoanalítica hace tres semanas. Caí en manos de alguien que creo yo está lo suficientemente capacitado como para poder descular el por qué del trastorno de marras, y eventualmente podrá proveerme de herramientas y soluciones para no volver a caer en lo mismo una vez que me cure.

Por el otro lado, ayer le sumé una nueva pata, infaltable, a mi tratamiento: sumé a este equipo a una psiquiatra, bastante joven ella pero no por ello carente de conocimiento, que coincidió con lo que varios me dijeron desde que “salí del clóset” hasta esta parte: no solo me trataron mal desde la parte psicológica (es decir, no se administró el tratamiento correcto), sino que también se trató mal la parte farmacológica. Se me estaba medicando de menos y con drogas que no eran las específicas para esto. Es decir, se trató el trastorno con demasiada liviandad (sospecho que adrede, para retenerme, o por ignorancia o negación a adaptarse al avance de la ciencia neurológica), y por eso pasó lo que pasó. Diez años tirados al tacho, una década entera desperdiciada por negligencia. E incluso con un diagnóstico en principio erróneo, porque ya no serían ataques de pánico sino Trastorno de Ansiedad Generalizada. Que para variar, es más fácil aún de curar.

En fin. La cuestión es que esta vez estamos tratando de resolver el problema desde dos frentes en vez de uno, y por lo pronto, de a poquito se van viendo resultados. Hoy comencé el tratamiento farmacológico con dos drogas que son las que se utilizan para tratar estos padecimientos: sertralina y clonazepam, ambas combinadas. La sertralina es un antidepresivo que actúa inhibiendo los recaptadores de la serotonina, o sea, “cerrando las puertitas” del cerebro que reabsorben la serotonina, por tanto lo que produce es que esta hormona (que se conoce vulgarmente como la “hormona de la felicidad”) esté más tiempo circulando en sangre. Y el clonazepam actúa como miorrelajante y ansiolítico propiamente dicho.

En cuanto al tratamiento psicológico: como detallara antes, es psicoanalítico. El psicoanálisis se basa mayormente en descubrir el por qué de las cosas en primera instancia, para después poder descular cómo se resuelve. Se basa mucho en volver hacia atrás para poder seguir caminando hacia adelante; o sea, buscar en la infancia y la juventud y en el modo en que fuimos criados algún disparador que haya servido para generar la situación en la que estamos involucrados. Padres sobreprotectores, inseguridades sin resolver, falta de autoestima, cosas que quedaron pendientes y que desembocan en las crisis que sufrimos hoy los que pasamos por este trastorno.

Las primeras dos o tres sesiones, no les voy a mentir, son las más difíciles: difíciles porque hay que hacer un laburo mental de la gran siete tratando de recordar muchas cosas que uno ya había dado por olvidadas, y difícil porque se evocan muchos recuerdos, que a veces son dolorosos. Pero es como digo yo, si te partís una gamba y necesitás arreglártela, te tenés que bancar el dolor del posoperatorio. Y esto es algo parecido. Hay heridas que uno no quiso cerrar por no bancarse el ardor del alcohol y el dolor de los puntos, y al final se terminaron infectando. Pero en algún momento vas a tener que volver a la guardia para que te desinfecten la herida y te la cosan. Y con esto es lo mismo. Las primeras sesiones indagan sobre los recuerdos más antiguos de la infancia, de la familia, de algún evento en particular que por algún motivo se recuerde con claridad, y sobre la relación actual con la familia y el entorno en general. Y es increíble lo que uno puede descubrir sobre uno mismo relatando esos recuerdos y pasándolos por el tamiz del psicoanálisis, y cómo esos descubrimientos se relacionan con el hoy de cada uno. En mi caso particular, el viernes descubrí que mi problema, que mi mayor inseguridad (y tal vez mi mayor error) es entender que mi único círculo o zona segura es mi familia inmediata. Y que dejé fuera de ese círculo a mis amigos, a mi pareja, a mis compañeros. Que son los que a esta edad, a mis 31 años, deberían ser los que conformen ese área segura, ese cordón de seguridad. Y que por eso son mis inseguridades, y de ahí vienen mis miedos, y de ahí vino lo que está pasando ahora. De la ausencia de mi viejo. Que a pesar de que fue hace tres años, recién ahora la estoy empezando a percibir y a aceptar. Y esa es la parte que más duele, y la que más asusta. El golpe con el suelo, la caída en la realidad. Pero por suerte ahora sé que tengo mucha gente alrededor que me está ayudando a componer los huesos que me rompí cayendo en esta realidad, y en poco tiempo ya habré curado casi todas las heridas.

En fin. Lo importante es que de a poco voy saliendo de esta pesadilla, y no sé si serán los antidepresivos o qué pero cada vez me cuesta más enojarme. O será que todavía no me dieron motivos reales desde que empecé con el tratamiento…

Y eso es todo lo que tengo para aportar en este post. Fue un poco a vuelo a pájaro para que más o menos sepan cómo son los tratamientos que hay (algunos, al menos), y a partir de ahora, que vayan viendo cómo son los resultados (en mí al menos).

Entonces bien, ¡hasta la próxima sesión!

Educando al soberano: qué es un ataque de pánico, cómo se dispara y qué hacer si me da uno o alguien que conozco los padece

Estándar

(Notarán que falté a mi promesa de relatarles cómo fue que empezó el “tratamiento” hace doce años; decidí no contarla porque no es tan graciosa, después de todo, y porque hacerlo, por ahora, me da mucha ira por los años desperdiciados y no estoy en este momento en condiciones de andar rompiendo cosas o puteando a los cuatro vientos, porque ya lo hice hace un par de días y las consecuencias fueron desastrosas. Espero sepan entender y que les sirva el nuevo sentido que pienso darle a este blog, que por ahora será el de tratar de enseñarles, desde mi experiencia personalísima y apoyada otro poco en material médico, qué es un ataque de pánico, cómo se dispara y cómo se está tratando hoy día. En algún otro momento, cuando esté un poco más estable psíquica y físicamente, intentaré contarles lo que pasó ese día y trataré de hacer el relato lo más divertido posible.)

 

Pues bien entonces… ¿qué es lo que tengo? Como sabemos todos, ataques de pánico. Los ataques son respuestas exageradas ante un estímulo muchas veces imaginario, que genera en el cuerpo la misma sensación que se produce cuando uno enfrenta un peligro real: el cuerpo y la mente se adaptan a la situación que están enfrentando y se activan todas las alarmas, como para estar listos para enfrentar la situación (un potencial enfrentamiento con el supuesto enemigo) o para emprender la huida (que es lo que pasa con el 99% de los enfermos de Síndrome de Pánico). Los latidos del corazón se disparan por arriba de las 120 pulsaciones por minuto, hay palpitaciones y sensación de presión en el pecho, la presión arterial aumenta levemente como consecuencia de la reacción del corazón, la respiración se vuelve agitada (o en algunos casos, como el mío, se “ralenta”, es decir, se vuelve más espaciada o se entrecorta) y por ende hay sensación de falta de aire y en el caso de los que hiperventilan, la parestesia que ya mencioné en otras entradas, los músculos se tensan y el agua tarda más en llegar al tanque, por lo cual hay mareos, el cuerpo empieza a transpirar, la mente está más atenta a cualquier estímulo que pueda anunciar una situación de peligro y en los casos más extremos (como el mío, de vez en cuando) hay una sensación de irrealidad con respecto al entorno, como si estuviese en una especie de ensoñación, o en el peor de los casos, se experimenta una suerte de disociación cuerpo/mente, que también se conoce como despersonalización, que genera una confusión y una sensación de terror pocas veces vista. Hay quien dice que el consumo de ciertos narcóticos puede inducir la misma sensación sin necesariamente estar enfermo de SDP, pero por las dudas prefiero quedarme con la intriga. Lo único que quieren saber sobre la despersonalización es que es uno de los aspectos más angustiantes de la enfermedad y que se da cuando, como en mi caso, se llega al punto extremo de la enfermedad, porque es tal la necesidad de huir del momento que la mente ya busca pirarse sola. “Quedate solo, boludo, yo me tomo el palo”, le dice la mente al cuerpo y se va adonde no podemos manejarla por unos diez minutos, más o menos. O menos si hay suerte o psicotrópicos a mano.

Ahora bien, ¿por qué pasan? Como dije antes, el ataque de pánico es una reacción desmedida del cuerpo ante una situación de peligro. El problema con el ataque es que… la situación de peligro es imaginaria. Es todo producto de la mente; hay una situación X que angustia al que sufre los ataques y produce que el cerebro empiece a enviar señales para todos lados, cual si estuviéramos parados frente a una horda de vikingos violadores, una manada de lobos que lleva 45 días sin probar bocado, en medio de un terremoto o un tsunami, o con la barra brava de Boca viniendo hacia nosotros enardecida… pero en realidad, nada de eso sucede. La situación de peligro es imaginaria. Puede ser un recuerdo que vino a la mente en ese infortunado momento, o la imaginación de una posible situación o consecuencia a otra cosa que está sucediendo: por ejemplo, quedar atorado y sin salida en un embotellamiento de tránsito, sufrir un infarto o estirar la pata en la calle estando completamente solo y no recibir ayuda a tiempo, o cualquier otro evento con pocas posibilidades de suceder realmente. Porque convengamos, todos los embotellamientos en algún momento se alivianan y por suerte la gente tampoco tiene la costumbre de andar muriéndose por la calle. Otras situaciones que suelen disparar los ataques infames son las esperas prolongadas en lugares cerrados (por ejemplo, el Banco Provincia los días lunes a principio de mes que es cuando todo el mundo se acuerda de ir a pagar los impuestos), o visitas a hospitales o circunstancias de ese estilo. Todas situaciones inocentes, dentro de todo, y que no revisten un peligro real. Pero en la cabeza del enfermo, son situaciones potencialmente letales o sumamente estresantes.

¿Qué hago si me da un ataque? Lo primero es saber que es un ataque de pánico y no un infarto, y que hasta ahora nadie se murió por eso. Sí, son molestos y sí, son desesperantes más que nada por lo mal que se puede sentir uno y por la sensación de que te estás volviendo loco o de que te vas a alquilar a la quinta del ñato, pero tranquilo, viejo, tranquilo, eso no va a pasar. Una vez que toman conciencia de que lo que está pasando es transitorio y no es más que un error de cálculo del cerebro, tienen parte de la batalla ganada.

Lo otro que tienen que hacer es buscar ayuda. No esperen a que los ataques se repitan, porque corren el riesgo de adoptar a los ataques como una molestia habitual, como una parte más de sus vidas, y no tiene por qué ser así. Busquen ayuda psicológica, que les permita llegar al por qué empezaron los ataques en primer lugar, y que les enseñen cómo actuar frente al ataque, cómo manejarlo y cómo prevenirlo. Pueden recurrir al psicoanálisis y/o a los tratamientos cognitivo conductuales, que han probado ser los más exitosos en el tratamiento de la enfermedad. Busquen también ayuda psiquiátrica, para que les receten al menos por un tiempo algún psicofármaco de corte ansiolítico que los ayude a restaurar el orden a nivel de la química cerebral. Hay variedad de este tipo de medicaciones, y será el profesional quien les indique qué tienen que tomar y por cuánto tiempo. Hay gente que lo precisa y gente que no, y gente que necesita dosis mayores por períodos prolongados, y gente que con ingerir dosis bajas por períodos breves ya se arregla. Yo supongo que en mi caso particular (por todo lo sucedido, veinte años de enfermedad y diez de no haber sido tratada correctamente), esta vez voy a necesitar de algo un poco más fuerte que dos cuartitos de Rivotril 0,5 repartidos en dos tomas diarias. Pero hay mucha gente que toma eso y anda bien.

Después, hay otras cosas que pueden hacer, y ahí es donde se pone en juego la creatividad: por ejemplo, a mí me funciona abrazar a mis gatos si estoy sola y me siento al borde del quiebre, salir al balcón a respirar aire fresco, agarrar la guitarra y castigarla un rato, empezar a caminar por el departamento, o abrazar a alguien si es que tengo a otra persona a mano. Los abrazos funcionan casi a la perfección en estos casos: no solo por la contención física que representa que otra persona los esté abrazando (los está cubriendo efectivamente del peligro imaginario), sino también por las reacciones fisiológicas que se producen en el cuerpo al recibir el contacto de otra persona: las pulsaciones disminuyen, el pulso por ende se estabiliza, la respiración también se estabiliza, los músculos se aflojan y el cerebro larga esos maravillosos narcóticos naturales que la medicina moderna ha dado en llamar oxitocina, serotonina y dopamina, respectivamente.

Otra cosa que sirve: LLORAR. Se dice que bajo el pánico yace la angustia, y que muchas veces esa angustia no es percibida y por tanto nunca se libera, y la enfermedad no termina de resolverse. Si les está por dar un ataque de pánico o ya están en el baile, LLOREN. No tengan vergüenza ni miedo. Llorar alivia. Por experiencia propia se los digo. Tampoco es necesario que se vuelvan la hija de la lágrima o que acumulen una determinada cantidad de centímetros cúbicos de llanto por día, pero si se les anuda la garganta de la nada, suelten. Si están en público y no quieren admitir que están llorando porque tienen un ataque de pánico, digan que se acordaron de algo triste o que se pelearon con alguien ese día. Igual, no hay nada de malo en admitir que se está pasando por una crisis de pánico y creo que de hecho necesitamos empezar a admitirlo un poco más, para que se cree más conciencia sobre la enfermedad, se investigue más, se la trate más y se la empiece a prevenir de otra manera.

Lo otro que sirve es hablar. Hablen. Cuenten lo que les pasa, por qué suponen que les pasa y cómo creen que lo pueden resolver. Muchos ataques los resolví hablando de lo que me pasaba, y ahí me daba cuenta de que dentro de todo estaba en control de la situación porque podía articular mi discurso y podía expresarme con claridad. Si estuviera teniendo un ACV o un infarto como mi mente piensa, no podría hacer nada de eso. Hablen de lo que sienten. Digan sin miedo que tienen miedo. Que necesitan que los contengan, que los acompañen, que los abracen. Pidan abrazos, aunque se sientan un poco pelotudos, que es inevitable. Cada sesión que tengo con mi terapeuta, cuando termina, le pido que me abrace. Y es una idiotez, pero me ayuda mucho a terminar de acomodar todo lo que se desacomodó durante la charla y me ayuda a salir a la calle con un poco más de tranquilidad e incluso con más ganas de seguir dándole lucha a la enfermedad.

Y lo último pero definitivamente más importante: NO SE QUEDEN SOLOS, BUSQUEN A SUS AMIGOS Y A SUS FAMILIARES, Y NO SE ENCIERREN. Si se quedan solos o se encierran, PIERDEN. Estar solos durante el proceso de la enfermedad y el proceso de curación es sumamente dañino; necesitan que alguien los acerque a la realidad de tanto en tanto, y necesitan más que nada tener a alguien que los contenga, que los anime, que los distraiga y les recuerde todos los días que siguen luchando y que siguen avanzando en el camino a la curación. No se vuelvan dependientes, pero tampoco se vuelvan ermitaños. Traten de conservar un justo equilibrio. Y no se queden encerrados, por más que a veces les dé miedo salir a la calle. Si se encierran, pierden. Piensen que se les va a complicar el tratamiento, porque son poquísimos los terapeutas dispuestos a ir a domicilio o que pueden hacer la sesión por Skype. Salgan acompañados si no quieren salir solos porque les da miedo, y si no les queda otra más que salir solos, si ya están medicados procuren llevarse el remedio con ustedes y una botellita de agua, y el celular cargado por si necesitan llamar a alguien. Con llevarse el remedio debería ser suficiente (a veces no hace falta ni tomarlo, con mirarlo y saber que se lo tiene en caso de emergencia a veces alcanza para sentirse mejor), pero tener un teléfono a mano siempre ayuda. Y sepan que siempre va a haber alguien en la calle que los pueda ayudar si están pasando un ataque; de hecho, casi todos conocemos a alguien que sufre de esto y por lo tanto sabemos cómo acompañar a alguien que está pasando un ataque hasta que se le va. Me ha pasado varias veces de haber sufrido esta mierda en la calle y siempre tuve la fortuna de encontrar a alguien que me pudo acompañar. Y pidan que los abracen. A menos que la persona que tienen enfrente tenga cara de sátiro, en cuyo caso recomiendo fuertemente huir en la dirección contraria.

 

Creo que ya los eduqué bastante sobre este tema por hoy… Si alguno de mis lectores tiene algún otro método que le funcione en los ataques de pánico, me gustaría que lo comparta en los comentarios de este blog. Después de todo, la idea es educar y compartir vivencias, darnos cuenta de que estamos mejor de lo que pensamos, de que no nos va a pasar nada y que podamos cagarnos alegremente de la risa de toda esta historia.

Entonces bien, ¡hasta la próxima sesión!